Reflexiones metafísicas

Tu sombra no es tu enemiga

Comprende por qué no debemos luchar contra nuestras sombras y cómo observar la ira, la envidia y otros aspectos difíciles puede transformar nuestra relación con ellas.

Prof. Tibério Z

Por Prof. Tibério Z

Video original en portugués. El artículo está disponible en español.

La sombra no es una enemiga que debamos expulsar. La ira, la envidia, la gula, el egocentrismo y otros aspectos difíciles son parte de la experiencia humana. El camino no es negar estas fuerzas, sino observar cómo surgen, cómo se manifiestan y qué provocan dentro y fuera de nosotros.

En este artículo entenderemos por qué la meditación puede intensificar las crisis existenciales al principio, qué sucede cuando luchamos contra nuestras sombras y cómo hacer una pausa nos ayuda a reconocer una emoción antes de que controle nuestras acciones.

Continúa leyendo para aprender cómo observar tus sombras sin alimentarlas ni entrar en conflicto con ellas. Cuanto más sabemos de sus movimientos, más rápidamente nos damos cuenta de cuándo aparecen y menos poder tienen para actuar de forma inconsciente.

La meditación puede intensificar las crisis al principio

Al principio, la meditación puede incluso empeorar algunas crisis existenciales. Esto sucede porque comenzamos a ponernos en contacto con partes de nosotros mismos que estaban ocultas o que preferiríamos no reconocer.

No todo lo que encontramos dentro de nosotros es agradable. Podemos percibir envidia, enojo, ira, gula, egocentrismo y otros aspectos que no coinciden con la imagen positiva que creamos de nosotros mismos. Aceptar este descubrimiento es difícil.

También es difícil aceptar una enfermedad o cualquier otra condición negativa de la experiencia humana. Queremos eliminar rápidamente lo que nos molesta, pero la meditación comienza por revelar lo que ya estaba presente.

Este primer contacto puede resultar incómodo. Sin embargo, no fue la meditación la que creó la sombra. Ella simplemente trajo conciencia sobre algo que antes actuaba sin ser observado.

Todos tenemos sombras

Las principales sombras humanas existen en todos nosotros, en mayor o menor grado. Algunas personas manifiestan más ira. Otras están dominadas por la envidia, la gula o la necesidad de ser el centro de todo. Pensar que podemos vivir como seres humanos sin llevar ninguno de estos elementos es imposible. Las sombras forman parte de la experiencia de estar en el planeta Tierra.

El problema no es darnos cuenta de que sentimos ira o envidia. El verdadero peligro aparece cuando estas fuerzas actúan sin que seamos conscientes de ellas. En este punto, una emoción puede controlar los pensamientos, las decisiones y los comportamientos antes de que entendamos lo que está sucediendo. Reconocer la sombra no significa aprobar lo que hace. Significa admitir su existencia para que podamos observar su movimiento y comprender sus consecuencias.

No luchamos contra las sombras

Mucha gente dice: "Lucho contra mis sombras". Sin embargo, no luchamos contra la sombra. No puedo luchar contra mi ira. Puedo aprender a vivir con ella.

Tampoco puedo ir a la guerra contra la envidia y exigir que nunca vuelva a aparecer. Puedo reconocer cuándo surge, observar los pensamientos que produce y notar lo que intenta hacerme desear o lograr.

Cuando convertimos la sombra en un enemigo, creamos un conflicto dentro de nosotros mismos. Por un lado está lo que sentimos. Por el otro está la imagen de la persona que creemos que deberíamos ser. Este conflicto no elimina la sombra. Genera más energía interior para aquello contra lo que estamos luchando. Cuanto mayor es la guerra, más fuerza ofrecemos al objeto del conflicto.

Entender la ira es observar su proceso

No intento no volver a sentirme enojado nunca más. Intento entender cómo surge, cómo se manifiesta en mi ser y qué daño puede causar a mi alrededor. Cuando la ira vuelve a aparecer, presto atención. Noto lo que pasó antes, los cambios en el cuerpo, los pensamientos que surgieron y el impulso de actuar. En lugar de limitarme a ver el resultado final, sigo todo el proceso.

Sólo entendemos algo cuando entendemos cómo funciona. Si sólo observamos la explosión, nos perdemos todo lo ocurrido en los momentos anteriores. La atención nos permite reconocer el camino recorrido por la ira. Cuanto más conocemos este camino, más pronto nos damos cuenta de que está por llegar.

La furia al volante muestra cómo perdemos el control

Imaginemos a José, una persona en quien la sombra de la ira es muy fuerte. Está conduciendo cuando otro conductor le cierra el paso. Inmediatamente aparece la ira.

José queda ciego porque la frecuencia vibracional de la ira altera su percepción. Persigue al otro vehículo, le cierra el paso al conductor y sale del coche con una llave de ruedas o un revólver. En una reacción extrema, puede matar a la otra persona.

Este es el movimiento de la ira incontrolada. El suceso comienza cuando un conductor le cierra el paso a otro, pasa por diferentes reacciones en el cuerpo y termina en una acción que podría destruir varias vidas.

Cuando miramos sólo el acto final, decimos que José perdió la cabeza. Sin embargo, hubo un proceso. Surgió la ira, el cuerpo reaccionó, la razón perdió terreno y el instinto tomó el control.

La pausa ocurre durante la emoción

Cuando llega la ira, necesitamos un descanso. Esto no significa parar el coche en mitad de la calle y empezar a meditar. La pausa consiste en prestar atención a lo que sucede mientras se manifiesta la emoción. Primero, reconocemos la causa: “Apareció la ira porque el conductor me cerró el paso”. Luego miramos el cuerpo. El estómago se calentó, la adrenalina aumentó y el cuerpo se preparó para actuar.

La amígdala cerebral desencadena la reacción, mientras que la corteza prefrontal no logra guiar la acción con claridad. La persona entra en un estado instintivo de defensa, en el que cree que necesita luchar, matar o huir.

Prestar atención significa seguir estos pasos. Cuando conocemos el proceso, empezamos a percibir la emoción antes de que alcance su punto máximo y transforme un impulso en una acción irreversible.

El ejercicio es solo prestar atención

Cada vez que aparezca la ira, presta atención. Sólo eso. Este ejercicio puede parecer demasiado simple, pero la transformación comienza precisamente con la observación. No necesitamos ordenar que la ira desaparezca. Tampoco necesitamos fingir estar tranquilos mientras todo el cuerpo reacciona. Necesitamos reconocer honestamente: "Me siento enojado".

Al principio, quizás la percepción venga después de la reacción. Con entrenamiento, comenzamos a reconocer la ira a medida que se acumula. Más adelante la podremos reconocer desde el principio. Sólo presta atención. Repetir este ejercicio hace que una sombra desconocida se vuelva cada vez más familiar.

La envidia también debe ser observada

El mismo ejercicio se puede aplicar a la envidia. Cuando aparece, no necesitamos luchar para dejar de sentirla. Necesitamos observar lo que está sucediendo. Podemos darnos cuenta: "Mira cuánta envidia siento. Se está apoderando de mí. Está produciendo pensamientos que normalmente no tendría. Me hace desearle daño a otra persona e intenta llevarme a actuar en su contra".

Imagínate que alguien tiene cien mil seguidores en las redes sociales mientras que nosotros solo tenemos mil. La comparación despierta malestar y comenzamos a disminuir el logro de esa persona. En ese momento podemos reconocer: “Esto es envidia”.

Hecho. No necesitamos inventar una justificación o fingir que el sentimiento no existe. Cuando ponemos nombre a lo que está pasando, dejamos de dejarnos llevar completamente por la emoción sin saber qué es.

La sombra familiar deja de controlar en la oscuridad

Al principio, las sombras son desconocidas. No sabemos exactamente cuándo llegan, cómo actúan sobre el cuerpo o qué pensamientos producen. Sólo nos damos cuenta de las consecuencias después de haber actuado. Cuanto más prestamos atención, más familiares se vuelven. Empezamos a conocer la ira, la envidia, la gula, la codicia y la necesidad de ser el centro del mundo. Reconocemos sus señales y conocemos el camino que suelen tomar.

Llega un punto en el que aparece la ira y decimos: “me enojé”. Surge la envidia y reconocemos: “Esto es envidia”. Cuando la sombra recibe atención, puede detener su movimiento antes de dominar por completo nuestras acciones.

No sé cómo explicar exactamente cómo ocurre este cambio. Sé que cuando prestamos atención a las sombras, aprendemos a vivir con ellas. La observación cambia nuestra relación con lo que antes actuaba de forma desconocida.

La sombra puede convertirse en nuestra amiga

Puede parecer absurdo decir que una sombra se convierte en nuestra amiga. Sin embargo, después de observarla muchas veces, conocemos sus movimientos, sus reacciones y los efectos que produce en nuestro organismo. Sabemos cómo llega la ira, qué pensamientos alimenta y qué actitudes intenta provocar. También reconocemos la envidia, la gula, la avaricia y el egocentrismo. Nada de esto necesita permanecer oculto.

La sombra se vuelve amiga porque deja de ser una fuerza desconocida. Podemos dialogar con ella, reconocer su presencia y permitirle existir sin darle el control de nuestras acciones.

No hay ningún problema en admitir que hay una sombra dentro de nosotros. El problema es negar su existencia, luchar por expulsarla y permitirle seguir actuando en secreto. No luchamos contra nuestras sombras. Les prestamos atención.

Preguntas frecuentes sobre vivir con sombras

Continúa leyendo sobre las sombras del ego

Observar las sombras del ego permite reconocer patrones que influyen en nuestras reacciones, decisiones y relaciones.

En el blog encontrarás más artículos sobre la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza, junto con reflexiones sobre su transformación.

Leer más sobre las sombras del ego
Prof. Tibério Z

Sobre el autor

El Prof. Tibério Z tiene más de 30 años de experiencia estudiando y enseñando espiritualidad, metafísica, terapias holísticas y desarrollo de la conciencia.