Reflexiones metafísicas

Es difícil ser humano, y eso está bien

Ser humano significa vivir con límites, contradicciones y emociones difíciles. Comprende por qué aceptar esta humanidad reduce la culpa y acerca la vida a lo que realmente importa.

Prof. Tibério Z

Por Prof. Tibério Z

Video original en portugués. El artículo está disponible en español.

Es difícil ser humano porque vivimos entre los límites del cuerpo, las exigencias de la sociedad y una conciencia que intenta comprender una realidad mucho mayor de la que puede percibir. Sentimos miedo, ira, amor, envidia, cariño y contradicciones, y nada de eso nos hace más pequeños: todo esto es parte de la experiencia humana.

En este artículo entenderemos por qué la sociedad nos aleja de nuestra humanidad, cómo los ideales de perfección producen culpa y por qué reconocer nuestras emociones no significa dejar de madurar. También veremos cómo la humanidad compartida y las cosas simples de la vida pueden acercarnos a una existencia más honesta.

Continúa leyendo para comprender por qué aceptar que ser humano es difícil no es una forma de darse por vencido. Es el comienzo de una relación más realista contigo mismo, con las demás personas y con la vida que existe ahora.

Ser humano significa vivir dentro de muchos límites

El cuerpo no puede percibir toda la realidad

Estamos atrapados en un cuerpo físico que percibe sólo una pequeña parte de la realidad. Los sentidos, el cerebro, la memoria y la capacidad de procesar información crean límites a lo que podemos ver, comprender y sostener.

Esto significa que la conciencia no puede expresarse plenamente durante la experiencia física. Incluso cuando buscamos conocimiento, espiritualidad o expansión, seguimos interpretando todo a través de un organismo con necesidades, dolor, cansancio y limitaciones.

Por lo tanto, ningún ser humano tiene una comprensión completa de la verdad. Podemos ampliar nuestra percepción, acumular experiencia y reconocer relaciones que antes no percibíamos, pero siempre observamos la realidad desde una posición limitada.

La cultura convierte a las personas en piezas de un engranaje

Más allá de los límites del cuerpo, vivimos dentro de una cultura que valora la productividad, el desempeño y las ganancias. Desde pequeños aprendemos que necesitamos estudiar, trabajar, producir y lograr cosas para demostrar que nuestra vida tiene valor.

Cuando un niño dice que quiere ser feliz, esta respuesta muchas veces parece insuficiente. Se espera una profesión, una carrera o un logro que pueda presentarse a los demás. La felicidad se confunde con lo que una persona tiene y puede mostrar.

En este proceso, el ser humano ya no es visto como alguien que siente, sufre, ama y busca sentido. Comienza a ser tratado como una pieza de un engranaje que necesita trabajar continuamente, incluso cuando está cansado, confundido o sin dirección.

La idea de perfección aumenta el sufrimiento

Nadie puede permanecer despierto todo el tiempo

Es común dividir a las personas entre las que están despiertas y las que están dormidas, como si algunas ya hubieran comprendido la verdad mientras que otras permanecieran atrapadas en la ignorancia. Esta división alimenta una nueva forma de superioridad.

Incluso quienes viven una búsqueda espiritual siguen sujetos a los límites de su cuerpo, de su cultura y de la propia historia. Una persona puede comprender algunas partes de la vida y permanecer completamente dormida ante otras.

Cuanto más alguien se considera plenamente despierto, mayor puede ser su dificultad para reconocer lo que aún no sabe. La verdadera expansión de la conciencia no produce arrogancia. Revela el alcance de nuestra ignorancia.

El ideal espiritual también puede generar culpa

Mucha gente cambia el ideal del éxito material por el ideal de la perfección espiritual. En lugar de exigirse riqueza, productividad y reconocimiento, comienzan a exigirse paz absoluta, bondad constante y ausencia de emociones consideradas negativas.

Cuando sienten ira, envidia, miedo u orgullo, creen que han fracasado espiritualmente. La emoción ya no se observa como parte de la experiencia humana y comienza a usarse como prueba de inferioridad.

Este ideal imposible aleja a la persona de sí misma. En lugar de comprender lo que siente y elegir cómo actuar, intenta ocultar sus emociones para mantener una imagen de iluminación que no se corresponde con la realidad.

La humanidad compartida nos pone en el mismo barco

Nadie es superior ni inferior

La humanidad compartida es reconocer que ninguno de nosotros está por encima o por debajo de la condición humana. Podemos tener diferentes conocimientos, experiencias y habilidades, pero todos vivimos con límites, pérdidas, deseos y contradicciones.

Tenemos depresión, ansiedad, ira, orgullo y envidia. También tenemos amor, cariño, creatividad, generosidad y capacidad de transformación. El ser humano no está hecho sólo de luz o sólo de sombra. Lleva dentro de sí diferentes posibilidades.

Cuando entendemos esto, dejamos de observar a los demás desde una posición de superioridad. Todos estamos en el mismo barco llamado vida, tratando de entender lo que está pasando y hacer lo mejor que podemos con los recursos que tenemos.

Cada persona intenta vivir como puede

No todas las decisiones humanas son conscientes, equilibradas o justas. Aun así, gran parte de las personas intentan vivir sus vidas con la comprensión y las condiciones que tienen en ese momento.

Esto no elimina la responsabilidad individual. Reconocer la dificultad de ser humanos no significa aceptar abusos, abandonar límites o fingir que nuestros actos no producen consecuencias.

Significa comprender que el juicio no transforma a nadie. El cambio comienza cuando somos capaces de ver la realidad, asumir lo que hacemos y reconocer que también estamos aprendiendo a vivir.

Sentir no hace a nadie menos espiritual

Todas las emociones pertenecen a la experiencia humana

Sentir envidia no significa que hayas perdido la luz. Sentirse enojado no borra tu capacidad de amar. Sentir miedo no te hace débil. Estas emociones surgen porque son parte de la estructura humana.

El problema no está en la existencia de la emoción, sino en la forma en que nos relacionamos con ella. Podemos reconocer la ira sin atacar, observar la envidia sin querer destruir al otro y sentir miedo sin entregarle todas nuestras decisiones.

Madurar no es eliminar lo que sentimos. Es aumentar la consciencia de lo que sucede en nuestro interior para que la emoción no elija por sí sola lo que haremos.

La aceptación no es conformismo

Decir que está bien ser humano no significa que cualquier comportamiento esté bien. La aceptación no elimina la responsabilidad, pero impide que la culpa ocupe el lugar de la transformación.

Cuando una persona se condena a sí misma por sentir, gasta energía tratando de negar su experiencia. Cuando acepta lo que está sucediendo, puede investigar el origen de esa emoción y decidir qué es necesario cambiar.

Aceptar la humanidad crea un verdadero punto de partida. La persona deja de luchar contra una imagen imposible de perfección y pasa a trabajar con lo que realmente existe.

La vida sucede en las cosas simples

Los ideales grandiosos pueden alejarnos del presente

La búsqueda de la iluminación, la superioridad o la paz absoluta puede transformar la espiritualidad en una exigencia más. El objetivo se vuelve tan lejano que la vida cotidiana parece pequeña, insuficiente y sin importancia.

Sin embargo, es en la vida cotidiana donde ocurre la existencia. Es en la forma en que hablamos, trabajamos, descansamos y tratamos a quienes nos rodean donde la conciencia encuentra una oportunidad real para expresarse.

Ninguna idea grandiosa reemplaza la capacidad de estar presente en una relación, reconocer un error, pedir perdón u ofrecer atención cuando alguien la necesita.

Lo imprescindible suele estar cerca

Al final, muchos de los momentos que sustentan la vida son sencillos. Estar con alguien a quien amamos, comer algo que nos guste, abrazar a nuestra madre, hablar con un amigo o jugar con un animal no requiere de una condición espiritual extraordinaria.

Estas experiencias pueden parecer pequeñas en comparación con los grandes discursos sobre el despertar y la iluminación, pero son las que devuelven la vida a la realidad. Lo simple nos acerca al presente e interrumpe la necesidad de demostrar que somos especiales.

Vivir bien no requiere que una persona se convierta en otra cosa. Le exige reconocer el valor de lo que ya está sucediendo y participar en su propia vida con más presencia.

Hacer lo mejor posible ya es un camino

No necesitamos ser Buda, Jesús o cualquier imagen idealizada de perfección. Necesitamos intentar hacer lo mejor que podamos dentro de las condiciones reales que tenemos, reconociendo que esto puede cambiar a medida que maduramos.

Esto no promete una vida sin sufrimiento ni paz absoluta. Ofrece una dirección más humana: buscar un poco más de conciencia, un poco más de equilibrio y un poco más de paz dentro del escenario que existe.

Es difícil ser humano, pero esta dificultad no disminuye nuestra existencia. Somos consciencias que vivimos la experiencia de un cuerpo limitado, aprendiendo a través de relaciones, emociones y elecciones. No necesitamos negar esta humanidad para encontrar lo divino, porque esta humanidad también forma parte de lo divino.

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Prof. Tibério Z

Sobre el autor

El Prof. Tibério Z tiene más de 30 años de experiencia estudiando y enseñando espiritualidad, metafísica, terapias holísticas y desarrollo de la conciencia.